Dejar vivir

Las estribaciones de la gigantesca obra de autopista. Colinas de tierra, veredas de tierra, agujeros de tierra. Silos para gravilla o para hormigón, camiones, cuidadosamente colocados en fila, un capó al lado de otro, como si siguieran un llamamiento, por lo menos unos veinte, seis excavadoras con la pala en el suelo. Contenedores. Todo duerme, a la espera de poder volver a hacer ruido mañana y excavar en la tierra. Me esfuerzo para ver más claro. Hace tiempo que debería llevar gafas. ¿Pero realmente hace falta verlo todo tan nítido? Aunque ahora mismo sería ventajoso. Tengo unos prismáticos. Pero no los llevo encima. Ese coche de ahí podría ser el viejo Renault de Vesna. Sin más salgo de la carretera, por fin puedo hacer uso de la tracción a cuatro ruedas, qué tontería, Vesna no posee uno de estos todoterrenos tan apreciados, no obstante ha logrado aparcar en el barro de la obra. Apago la luz. Mi coche podía verse a cientos de metros de distancia. Y si aquí hay alguien espiando... Pero ¿quién espiaría? ¿Weis? Qué tontería. Luz. Allí al fondo. Bajo del coche, me acerco con valentía, sin hacer ruido, consciente de que Vesna tiene que estar por ahí. Estoy cegada. Una luz sobre mi cara.

-Mira Valensky -dice Vesna-. Sí que has tardado. -Sólo ahora baja el haz de la luz de la linterna. Yo suspiro profundamente.

-Espero no haberte asustado. Ahí detrás planta de reciclaje -dice Vesna y señala hacía un peculiar monstruo de acero que desde aquí parece una instalación artística sobredimensionada. Algo así como la reencarnación del brontosaurio. El cuello largo: al acercarme me doy cuenta de que se trata de una cinta transportadora. El cuerpo, compacto y pesado, de por lo menos 3 metros de altura: un inmenso depósito metálico que probablemente almacena aquellos fragmentos destinados a ser triturados. Delante de la planta hay trozos de asfalto de un metro de diámetro, como banquisas negras superpuestas. Detrás de la planta de reciclaje hay montañas de material troceado. Al lado de la planta, una nave. Miro alrededor.

-¿No hay nadie ahí? -le pregunto a Vesna. Ella niega con la cabeza.

-Nave cerrada. Si tiran a alguien allí dentro, se acabó -añade y señala hacía el cuerpo metálico.

-La planta no está en funcionamiento. Seguro que algo así hace un montón de ruido -replico. Pensando en ello hay algo que me inquieta: no se ve a nadie en varias millas a la redonda y estamos a solas con esta máquina monstruosa, capaz de triturar lo que sea. Lo que sea. Si se le deja. ¿Por qué ponía esta dirección en el papel? ¿Qué ocurre si Weis solo lleva aquí a sus discípulas para hacer una demostración en directo de un caso drástico de reciclaje? Le creo capaz.

-¿No hay demasiado polvo para sus mujeres? -pregunta Vesna.

-Pero a la vez fascinante. Para la mayoría de ellas algo que no han visto jamás. Ruido y suciedad y hombres sudando y cosas por el estilo. -Me dirijo hacía la nave al otro lado. Una puerta pequeña en un portal grande. La puerta está cerrada. Tiro del picaporte del gran portal.

-Ya he dicho que estaba cerrada -gruñe Vesna-. Puedes confiar en mí.

-¿Qué hace usted aquí? -Una fuerte voz. Nos volvemos. Detrás de nosotros un hombre aproximadamente de la misma estatura y del mismo peso que Oskar.

-¿Y Usted? -pregunta Vesna. Treinta centímetros más baja, cuarenta kilos más ligera y armada únicamente con una linterna. Por unos instantes el hombre está desconcertado.

-Soy del servicio de seguridad. Estoy autorizado a detenerlas hasta que llegue la policía. Tengo una idea; revuelvo en mi bolso. La mano del agente de seguridad se dirige rápida, como un rayo, hacia el cinturón. Aparto mi mano del bolso. Me apuntan con una pistola o un revólver. No entiendo mucho del tema, bueno, qué importa con qué me van a matar. Intento sonreír.

-Sólo buscaba mi carné de prensa -digo. El arma sigue apuntándome.

-Quite juguete de ahí -dice Vesna.

-Hoy al hacer entrevistas en la obra he perdido mi grabadora. La necesito. Mañana por la tarde se publica el nuevo Magazin, tengo cierre de redacción -explico de la forma más tranquila que puedo.

-¿Acaso tenemos pinta de criminales? -pregunta Vesna. El agente de seguridad baja el arma despacio.

-Hay muchos robos en la obra. Roban cosas de los camiones y todo lo que cae en sus manos.

Le planto mi carné delante de la nariz:

-Mire esto. -Observa desconfiadamente mi carné de prensa, pero al parecer llega a la conclusión que no está tratando con ladronas de obras.

-Tampoco pueden hacer gran cosa. Así que sigan buscando. Tengo que continuar mi ronda.

-¿Está completamente sólo aquí? -pregunta Vesna.

-¿Por qué? -replica él con voz desconfiada.

-Si alguien pone en marcha una planta de reciclaje como ésta, ¿Usted se da cuenta enseguida?

-Haría un ruido infernal por la noche. Claro.

En algún matorral grita un mochuelo.

-Esto significa: nadie, sin autorización, podría poner la planta en funcionamiento por la noche -añado.

El agente de seguridad se rasca la cabeza.

-Durante la noche seguro que no, porque siempre hay dos de nosotros de patrulla. Aunque el territorio que vigilamos es grande. Cuando se hace de noche... y los trabajadores marchan de la planta, pero los camiones y las máquinas de la obra aún están en marcha, o cuando se prepara la gravilla... entonces sí que sería posible. ¿Por qué quiere saberlo?

-Tiene que ver con mi artículo -digo y sonrío de la forma más ingenua.

-¿Han robado algo? Pero ¿a quién se le ocurriría robar asfalto viejo?

Niego con la cabeza.

-Más que nada era una suposición.

-¿No pondrán en marcha la máquina, no? -pregunta el hombre.

-No tengo ni idea de cómo funciona.

-Me han comentado que no es cosa fácil. Y peligroso además. Tengo que seguir. Quizá solo hayan venido para distraerme... mientras sus compinches entran a robar...

-Y mi carné de prensa está falsificado, por supuesto -añado.

-En fin -dice el agente de seguridad, se da la vuelta y se marcha hacia una furgoneta.

Ahí estamos, ante el monstruo mudo y dormido. Vesna avanza y hurga en el asfalto triturado.

-Por lo menos tenemos que hacer como si buscáramos -dice.

-¿En el asfalto reciclado? Entonces no quedarían restos de mi grabadora.

-Puede que simplemente se te haya caído.

Vesna alumbra los restos de los trozos de asfalto. Piedrecillas con un diámetro de dos o tres centímetros. De pronto, el haz de luz retrocede un poco y la mano empieza excavar en los guijarros.

-Vale, ya basta. Ya nos cree -digo. Tampoco hace falta que exagere tanto.

-Hay algo entre los trozos de asfalto -dice Vesna-. Un zapato o algo parecido.

Me acerco, y ella saca un trozo de tela resistente, es la parte delantera de un zapato. Una zapatilla deportiva. Todavía se reconoce la suela de goma, algunos ojetes por donde pasaban los cordones, trozos de cordón. Miro fijamente. Algo brilla ahí. Piedrecillas brillantes encima del cordón. Cojo los restos del zapato y rozo las piedrecillas. Brillan de color plateado y dorado a la luz de la linterna de Vesna. Apenas puedo respirar. Granos negros, marrones y grises de asfalto arrancados de bloques que pesan toneladas, y entre ellos este trozo de zapatilla deportiva. ¿Qué quedará de una persona que experimente este proceso de trituración? Recojo algunos granos de asfalto, y los deslizo entre mis manos hasta que vuelven a caer sobre la montaña inmensa de piedras. Un sonido como la lluvia encima de un techo.

-Franziska Dasch. Ayer llevaba unas zapatillas como estas -digo a continuación. Vesna, sin decir nada, revuelve en el bolsillo de su chaqueta. A esta hora de la noche empieza a hacer un frío agudo. Saca una pequeña cámara digital y hace fotos. Del asfalto triturado. De una zapatilla deportiva que en su día fue blanca y brillante. Del lugar del hallazgo. Yo también empiezo a hacer algunas fotos con mi móvil. Para mayor seguridad. Además, no sé qué hacer si no.

* Fragmento de la novela Leben lassen, Folio Verlag, Viena, 2009.

Traducción: Sarah Lena Stepan
Lectorado: Ramon Farrés